sábado, 25 de abril de 2009

Nada salvada del infierno.

Un sábado por la mañana, el señor cura se encontraba manoseando sin interés un puñado de revistas mientras apoyaba los pies en la mesita de una sala de estar que no era la suya. Mientras trataba de deleitarse con nuevas marcas de coches y acondicionadores potentísimos, el hilo musical de aquel lugar (posiblemente algún grupo de moda) se ahogaba entre los aullidos de dolor que provenían de la habitación de al lado. El cuarto estaba decorado muy al estilo del momento: las paredes revestidas de un papel pintado verde pistacho, y a su vez, sobre ellas, había colgados de un modo caótico un montón de cuadros de músicos de jazz y blues célebres. Todos los muebles, incluyendo puertas y armarios, eran de color blanco y parecían tener siglos de antigüedad. En la recepción del local una chica de unos dieciséis años se pintaba las uñas de color morado mientras hablaba por teléfono animadamente, inmersa en un mundo íntimo de blablabla y otros asuntos.

El capellán comenzó a impacientarse, pues la pila de revistas a su lado comenzaba a terminarse y por tanto, los excitantes anuncios de coches también. Encendió un cigarrillo y trató de abstraer su mente muy lejos de aquellas cuatro paredes invadidas de olor a pizza recién hecha y esmalte de uñas. Cerró los ojos y se hundió en el desvencijado sofá, intentando liberarse de aquella atmósfera opresora, pero justo cuando estaba a punto de emprender uno de sus viajes oníricos preferidos (una playa desierta llena de tortugas gigantes sobre las que iba montado), la puerta de la habitación de al lado se abrió bruscamente, y de ella salió una mujer de mediana edad, excesivamente maquillada y moviendo el trasero de un modo indecente, seguida de una niña de unos doce años, temblorosa y pálida, como un animalillo abandonado a su suerte. La mujer maquillada fue directa al cura y extendió ante sus ojos una factura, aparentemente en regla, pero sin firma que la arropase.

- Aquí tiene la factura. Puede pagarme con tarjeta de crédito, si así lo prefiere, aunque será más cómodo hacerlo en efectivo.
- Oiga, este no era el precio que habíamos convenido. - contestó el hombre, ofendido.
- Verá, hubo ciertas complicaciones y tuvimos que utilizar otros métodos menos asequibles.
- Es demasiado caro.
- Y la paciente es demasiado especial. Mire, si ahora no puede pagarlo, le doy un plazo. No sé...¿Quince días? - preguntó condescendientemente la mujer.
- Para serle sincero, dudo mucho que tenga todo ese dinero en quince días. Mejor le doy un adelanto, y cuando tenga el resto, se lo daré en mano.
- Necesito una garantía, algo que me demuestre que puedo fiarme de usted - dijo la mujer, sospechando.
- Está bien, mire, dejo aquí este reloj. Era de mi abuelo, y tiene un gran valor sentimental y material. Si en quince días no le traigo la otra parte del precio, puede quedárselo y venderlo, le pagarán mucho por él. - dijo el cura, mientras depositaba el reluciente reloj en las manos de la mujer.
- Está bien, pero págueme.
- Eso haré - respondió mientras firmaba el recibo, e hizo un gesto a la niña para que se acercase.

Al principio ella titubeó y no sabía si debía ir hasta aquel sofá, pero sus dudas se despejaron cuando la mujer le miró instándole a acercarse, diciéndole con la mirada "No tengas miedo, estoy aquí". Casi arrastrándose, llegó hasta donde el hombre estaba sentado, y se dejó caer a su lado, exhausta e indiferente.

- ¿Qué tal, pequeña? ¿Cómo ha ido todo? - preguntó él mientras rodeaba con sus brazos a la niña.
- Bien. Supongo. - respondió ella con un hilillo de voz, débil y tembloroso.
- ¿Nos vamos a casa? He comprado un montón de golosinas y he alquilado un par de películas.
- Bien. Supongo. - contestó la niña, con el mismo tono de voz apagado.

El hombre descolgó su sombrero del perchero y con un ademán altanero se despidió de la mujer cincuentona y de la muchacha de la recepción, que seguía hablando incansablemente por teléfono. La niña le seguía insegura, pero sabía que no tenía opción. Esgrimió una sonrisilla desesperanzada a la mujer, y bajó la cabeza, observando los zapatos del hombre de negro, que pisoteaban con vehemencia las baldosas desgastadas, repiqueteando sobre la cerámica como un virtuoso del claqué. Sus piececitos frágiles caminaban detrás, despacio, recogiendo las ondas y el polvo que levantaban aquellas suelas religiosas.
Una vez pisaron el asfalto de la calle, las baldosas quedaron atrás, y la niña levantó lentamente la vista, consciente de que lo que iba a ver no le iba a gustar nada. Y así fue. El hombre de Dios se agachó hasta situarse a dos centímetros de su oído, y le susurró:

- Ni una palabra o habrá problemas, ¿de acuerdo?
- Bien. Supongo. - contestó la niña distraída, mientras miraba los coches circular por la carretera.
- Muy bien, vámonos - dijo el hombre contento, mientrás retorcía la mejilla descolorida de la cría.

Caminaron en silencio durante un buen rato, hasta que él se giró de repente y le espetó con nerviosismo.
- Un...un momento, tengo que ir a por tabaco, creo que me olvidé mi cajetilla en aquella sala de espera. Vengo ahora, espérame aquí.

La niña asintió y se sentó en el bordillo a esperarle, mientras volvía a quedarse embobada viendo pasar a los coches. Parecían insectos voladores, raudos y coloridos, peleándose por llegar antes que nadie a la colmena. Se fijó en un camionero grande, apoyado en la cabina del vehículo, fumando y hojeando una revista erótica. El conductor se percató de que la niña le estaba observando, y le sonrió de un modo paternal. Entonces se dió cuenta de algo y sonrió confiada. En ese momento llegó el cura, controlando su ansiedad con un cigarrillo en la boca y gesticulando exageradamente para llamar la atención de la cría. Una vez lo consiguió, se acercó a su carita demacrada.

- ¡En marcha, pequeñita! - le dijo, mientras posaba una de sus manos en la rodilla de la niña.

En ese momento, la niña arrancó el paquete de tabaco de la mano que tenía libre y lo lanzó contra la carretera, con una fuerza increíble para aquel saquito de huesos a las puertas de la pubertad. El cura chilló y abofeteó a la niña, pero ésta, sonriendo con malicia, se escurrió entre sus piernas y echó a correr. El sacerdote, desconcertado, estableció la cajetilla de tabaco como prioridad y echó a correr en su búsqueda despreocupado, sin reparar en el camión que justo en ese momento había arrancado. Los cigarrillos estaban prácticamente a su alcance pero no pudo evitar ser arrollado por la mole de metal, carburante y neumáticos, actuando como monstruo simbólico de cualquier cuento infantil. Los aullidos esta vez retumbaban en los oídos de la niña, que permanecía sonriente sentada en un bordillo, arropada por varios extraños preocupados por su estado, preguntando "¿Qué tal estás?" en sincronía, a lo cual ella contestaba sin dudar:

- Bien. Supongo.