Hace 5 tenía 18. Ahora que sueño con 2 más que reparen los 5 de relativo vacío académico, no me salen las cuentas. El tiempo pasa tan deprisa que puedo pararme y verlo escapar por los recovecos de la experiencia. Y no encuentro motivos para ser victimista ni para estar contenta ni para extraer una enseñanza ni para usarlo como ejemplo para nadie. Se agolpan los objetos a mi alrededor, gritándome en silencio que el tiempo quiere empujarme más y más. Y veo a los que me han rodeado estos cinco años y un enorme signo de interrogación surge de mi coronilla, extendiéndose por mi espalda como una mancha de aceite. Quizá la magia de todo esto es no entender nada y hacer como que nada ha pasado ni pasará. Cuando cumplí los 18 y abandoné el "correccional" tenía muchas ideas en la cabeza, todas ellas probablemente inspiradas por algún párrafo o historieta de los grandes jefes de la tribu, y de los hijos de los jefes. Y bien, recuerdo llevar un abrigo verde lleno de chapas, el pelo largo y unas zapatillas gastadas, despreocupada y segura de "poder encajar". Recuerdo ver a más gente así. Recuerdo la primera vez que vi la biblioteca, los pasillos, la cafetería, el señor que toca la guitarra en el parque, el frío de Oviedo y el tren abarrotado. Recuerdo la música y llegar a mi habitación creyendo que por fin todo estaba en su lugar correcto. De aquellas vivía en Gijón. La universidad no significaba nada en sí, era un mero trámite, pero conllevaba muchas cosas.
En aquel momento era un pez solitario sin mucha suerte, dispuesto a tirarse a la pecera sin ningún miramiento. Me encontré con peces muy vistosos que supieron acogerme y enseñarme llegado el momento. Fumar en el descanso, cuando aún se podía fumar dentro del aulario. Los cafés y las latas tiradas por ahí, hablar de Deftones y Pearl Jam, creerse que compartir gustos era básico para sobrevivir y amarse y bla bla.
Entonces, tras algunos meses de nado en grupo, conocí al gran pez. El gran pez nadaba fuera de mi pecera, y entonces me di cuenta de que mi pecera era una mierda comparada con el océano donde él se movía. Sin darme cuenta, me deje arrastrar por la corriente, y el gran pez estaba en la orilla, apartando las algas y ayudándome a recuperarme de la caída.
Nadamos juntos hasta llegar al mismo puerto y las cosas cambiaron. Y no es menos cierto que lo bello va acompañado de hechos verdaderamente horribles, para hacernos ver las diferencias a la par. En lo bello aún residen los silencios y la oscuridad, despertarse contra un pecho blanco y suave y asomarse al mundo mirando cómo el rocío devora el cristal que nos conecta con el cielo, "el límite". Y después unos dientes, unos labios, y sentirse en casa, arrullada por una voz protectora.
Y en el medio pasan cosas feas que tienen que pasar, por las que, con perspectiva y distancia, entiendes que tienes que pasar por ellas sin hacer un número de ello. Haciendo gala de un notable conocimiento sobre los mecanismos de la lógica, el tiempo no es que ponga a cada uno en su lugar, es que directamente pone a cada uno en mil sitios a la vez.
Viví cosas en menos de 15 metros cuadrados que podrían compararse a recorrer la muralla china en sandalias. La media luz y las cervezas, los dientes alineados más o menos correctamente, emitiendo sonidos más o menos armónicos, y la sensación de estar en casa otra vez, porque tantas casas hay como sensaciones de pertenecer a una de ellas.
Fui a algunos conciertos y me enamoré de ciertos techos, cabezas y pies. Seguía nadando y la pecera parecía no terminarse. Algunas veces las cosas feas volvían con otro nombre y otro rostro, y a veces las cosas feas se correspondían con mi nombre y con mi rostro. Yo, hasta entonces no había conocido el dolor real. Conocía el dolor burgués de los problemas construidos, el dolor físico, y el dolor mental, pero no conocía El Dolor. Y sobre todo, no lo conocía provocado por mí. Y provoqué dolor en personas, al igual que las personas lo provocaron en mí. Utilicé mal el raciocinio y escribí sobre mi dolor sin darme cuenta de que yo era partícipe de él, y lo analizaba de un modo tan externo que rozaba la parodia.
Hasta que un día descubrí dónde estaba El Dolor y por qué yo necesitaba que ese dolor existiese para poder mitigarlo.
Conseguí hacerme a él, lo entendí, y en alguna ocasión pude incluso contar con él, en esos momentos en los que te sientes tan neutral con el mundo que necesitas un vínculo fuerte para volver a formar parte de él.
Pasó el tiempo y descubrí lo que significaba la reconciliación y el perdón. Descubrí que las segundas oportunidades existen y que la amistad no es una mentira. Descubrí que no hay que ser humilde ni soberbio, y que revivir momentos es la mejor terapia contra la cobardía.
Dejé de soñar puesto que era fútil y engorroso, y me dediqué a observar y a abstraer deseos de la observación. Mientras tanto, los cursos pasaban y yo sentía que no pertenecía a aquello, pero hacer un drama era tan cansino como innecesario, y continué observando. Aprendí miles de cosas, vi cientos de películas y analicé situaciones. La gente le llama a eso madurar, pero es mentira, para mí es algo así como tantear el terreno.
No he madurado en absoluto pero sí he visto que la observación y los oídos son mis mejores aliados, y que cada día, por poco fructífero que sea, tiene algo valioso que conservar.
He visto amaneceres siendo devorados por el mar, libros amontonándose en el suelo, sostenes colgando sobre uno de los lados de la cama, conversaciones filosóficas más allá de cualquier límite, portazos rozándome la nariz, lágrimas en un radio de dos milímetros y muchas horas de contemplación y escrutinio.
No sé si estos cinco años han servido para algo, ni si servirán los cinco siguientes. Durante todo este tiempo he visto tantas cosas que no sabría tirarme el rollo espiritual de analizar y comprender todas haciendo la postura zen, pero sí diré, que de todas esas cosas, me quedo con la sensación de haberlas vivido en primera persona, ya sean malas, buenas o regulares. Parte de ellas, se almacenan en mi mente de un modo sinestésico, como un amalgama de colores, olores y sonidos entremezclados, rozando la maravilla.
Creo que es la primera vez que siento un alivio al escribir algo sobre mí. Buena noticia.
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