Allí estuve sentada durante horas, esperando ese tipo de casualidades forzadas que tanto me gusta provocar. Tendría que aparecer y salvarme, tenía que hacerlo, esas cosas funcionan así. Y tampoco tenía nada más que hacer ni dónde ir, no nos engañemos. Sola, incisiva y en madrugada de viernes. Sería una broma cruel del destino o eso a lo que yo llamo destino, y que jamás falta a su cita puntual la víspera del fin de semana (también conocido como principio de mi vida).
Y así fue. Apareció el regalo señalado por el azar. MI azar.
No había visto una espalda tan ancha en mi vida. Ni una cintura tan estrecha en proporción. Rasgos agresivos y ojos enrojecidos, pura lava, pura explosión, pura radiografía de lo que estaba pidiendo a gritos. Era una especie de asimetría que me atraía, me transportaba a ese tipo de deseo animal que tanto añoraba. Podía sentir su respiración en mis pulmones, sus labios en los míos y su vientre cosido al mío en una espiral confusa. Se acercó silencioso y servicial a mi pabellón auditivo, y me preguntó con una voz tan grave como fálica si necesitaba algo, ya fuera un café, un cigarrillo o simple conversación.
- ¿En qué clase de mundo vivimos? ¿Sería mucho pedir si acepto las tres cosas?
- Estaba esperando que lo hicieras.
- Ni lo intentes. Nadie sabe realmente quién soy. ¿Acaso piensas que soy de esa clase de personas que se sientan aquí a esperar que tipos como tú la psicoanalicen sin piedad?
- Tú me estás psicoanalizando.
- Creo que no me has entendido, pero es igual, no conseguirás nada, amiguito. Al menos no nada más allá de mis entrañas.
- Oh, pero por Dios, ¿en qué clase de mundo vivimos? Quédate conmigo, tenemos toda la noche, démosle una oportunidad al enano barbudo que controla el tiempo. Quiero conocerte.
Es obvio que con las mismas, no mucho más tarde, me fui. Me gustan las casualidades forzadas, pero esta lo era demasiado, hasta un punto que no me importa romper el clímax cuando más me está poseyendo.
De todos modos no perdí nada, excepto ocho minutos de vida a través del albino canutillo, una horquilla plateada y la inevitable sensación de estar volando sin despegar del suelo. Y quizá mis bragas, pero esa es otra historia.
2 comentarios:
Ay la leche como me gusta lo que leo...
Creo que por una vez...
¡no te mereces ninguna galleta! Si acaso de crema y felicitaciones. Olvidaré la violencia en este blog, la ocasión no lo merece.
La culpa es de los padres que los visten como putos...
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