jueves, 21 de agosto de 2008

Ego, yo desde luego, no te absolvo.

Es inevitable. Tan cálido como una tarde a la sombra de un radiador, tan necesario como un refresco en mitad del desierto. Tan fallido como mis infames intentos de metáfora, o las noches de insomnio a las que creía haberme acostumbrado. Ojalá pudiese parar la maquinaria que se aloja en mi corteza cerebral, ya sea de un golpe brusco o mediante pequeñas hendiduras traumáticas. No consigo acostumbrarme a esta sensación de independencia tan cercana a la soledad. Sí, escogida, pero no por ello menos brutal. O desoladora. O trágica. Desde luego, melodramática. Empiezo a notar como se despega de mí esa ligera sensación de aletargamiento para dar paso a mayores empresas, a sueños menos imposibles, a ratos de tristeza mundana y lunas de metal.
Que llegue ya el otoño, el invierno y las nuevas posibilidades. Algo que no me obligue a hacerme falsas expectativas y me deje tirada en medio de la carretera. Una vida normal, con sobresaltos agradables y no puñaladas repentinas.
A veces, uno piensa en rendirse, escapar al monte más cercano y obviar que tu vecino es un auténtico retrasado mental.
Espero que jamás tenga que preparar el macuto y censarme como misántropa a jornada completa.
Más que nada, porque odio la burocracia con todas mis fuerzas.


Empiezo a pensar que estos ejercicios de análisis interno están dando su fruto. Debe ser que septiembre se acerca peligrosamente y tengo demasiadas ganas de hibernar.

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