Entre las anguilas rezagadas del fondo de mi vaso, puedo ver cómo me abrazas, me acoges y me arropas. Me amas y me liberas. Imagino que el hoy no es hoy y que jamás existieron los calendarios a los que nos aferramos. Observo tu desnudez impregnando mi ropa, las noches eternas donde ardemos desesperados como si nos fuésemos a descomponer al amanecer, declarados desaparecidos en combate. Nos desgastamos hasta explotar en mil colores esparcidos por las sábanas, como dos kamikazes inconscientes, como un par de animales cosidos por el mismo desgarro, enganchados por jirones de vitalidad. Uno fusionado con el otro, vomitando psicofonías inmorales, desconstrucciones emocionales, mutaciones de otro mundo que no es nuestro.
Después de precipitarme desde el fondo de mi cerebro, estrello el vaso contra la pared pero tú no resurges de entre los pedazos, y me enfado, grito y destrozo todo a mi paso. Te echo de menos, ven, ven, ven, desafía los kilómetros, aparece tras las puertas del otoño y hagamos el amor hasta recibir la primavera.
De pronto noto tus dedos de canela acariciando la cúspide de mis piernas. Tan lentamente que me vuelvo elástica, sonora, infinita, sobrehumana. Calmas y remodelas mis instintos hasta conseguir aferrarme al orgasmo físico, mental, eterno. A ese lugar que se aloja entre tus muslos y los míos: el hogar cálido donde olvidamos nuestros problemas. Los tuyos, los míos. Los de toda la humanidad. Y los convertimos en un fluido uniforme compuesto de futuro y pocas preguntas.
Y es que haces que echarte de menos se convierta en un regalo para mis sentidos: primero se adormecen mustios en la espera, para luego despertarse tras acariciarlos con tus manos.

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